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Catolico: Periódico oficial en Español de la Arquidiócesis de Chicago

“Se les acabó el vino” (Jn 2:1-12)

Texto: José Alberto Pimentel Guzmán, Vicario de Santo Santiago en Manzanillo, Colima, México

No saben la cantidad de historias tan interesantes que se escuchan cuando uno duerme en el suelo liso y blanco de la Clínica Uno en Colima. Son tantas las historias como los chicles que se encuentran pegados por debajo de la cama donde yacía mi hermano enfermo. ¡Yo alcancé a contar 520!

Dado que las cortinas de ése hospital son más cómplices celestinas que guardadoras de secretos, pude seguir con lujo de detalle las conversaciones de las enfermeras con sus pacientes y entre ellas. En todo quedé admirado del grado tan alto de calidad humana que ellas prodigan a sus pacientes. En particular por una de sus “compañeras” de rango, quien al parecer su corazón le había sacado un sustito. Así apenas la trajeron a la cama contigua a la de mi hermano, un verdadero enjambre de enfermeras vino a hacerse presente con gestos de solidaridad y palabras de “sabiduría” vivencial. Una de ellas hasta le prometió un libro, que en sus palabras, “de haber sido escrito hace unos años atrás, su matrimonio no hubiera llegado a su fin”.

También me sorprendió particularmente la respuesta que una de las compañeras de ésa enfermera enferma le dio a su pregunta: “¿Por qué me pasa esto a mí? ¡No es posible! ¿Yo en cama…?”. Ella dijo: “Yo creo que Dios quiere con esto, que uno entienda mejor a nuestros pacientes, lo que sienten cuando están en nuestras manos”. Oyendo eso también me dije: si no fuera por éste trago amargo, no hubiera podido ser testigo de la manera tan prodigiosa que Dios trabaja por medio de quienes de turno en turno cuidan la vida de los enfermos.

Así, al pié de la cama de enfermo de mi hermano pensaba que en realidad se necesita mucho amor para poder pasar las horas en una silla tan incómoda y dormir en el suelo mientras un enfermo se recupera. Bueno, yo lo hacía por un hermano, y la novia de mi hermano, porque es su novia y dice que lo quiere, pero ¿por qué lo hacía el viejito bigotón de la cama de enfrente? Creo que dormía como yo en el suelo y sin sábana porque seguramente aún amaba a su viejecita quien apenas había salido del quirófano y debía asistirla de tanto en tanto llevando a tirar los contenidos de una bacinica de aluminio. ¿Si eso no es amor, entonces qué es? ¿Si esto no es amar en la salud y en la enfermedad, entonces qué es? Me preguntaba sobre todo, ¿cómo le hicieron ese par de viejecitos para mantener la “chispa” del amor encendida cuando los copos de nieve cubrieron ya sus cabezas y apagaron la fuente del amor puramente pasional de la juventud añorada?

Entonces, vino a mi mente el evangelio de Juan 2:1- 12, el de las bodas de Caná, cuando por cuidado de la Santísima Virgen María, Jesús convirtió el agua en vino. El evangelio no nos dice que Jesús fuera invitado de honor, ni que fuera un pariente, sino uno más que asistió a las bodas pero que al hacer su primer signo, hizo presente el reino llenando de alegría eterna las tinajas vacías que los sirvientes llenaron con lo esencial, agua, producto que limpia y da vida. Fue un milagro que garantiza que el amor humano no se acabe, sino que encuentre su plenitud. Es una fuente inagotable de amor del bueno que ayuda a los esposos a vivir su compromiso en la salud y en la enfermedad, en lo próspero y en lo adverso, amando y respetando a su conyugue todos los días de sus vidas. Por eso, si ya se te acabó el vino embriagador del primer amor, pues a llenar tu botellita con agua de la esperanza. Si no, no creo que aguantarás una desveladita en cualquier hospital por “pipiris nice” que éste sea.