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Catolico: Periódico oficial en Español de la Arquidiócesis de Chicago

Dos realidades... un hombre… un solo Dios

Padre Claudio Díaz Jr.

Director Oficina para Católicos Hispanos

La invitación decía "Usted está cordialmente invitado a la ceremonia de juramentación del señor Miguel H. Díaz como embajador de los Estados Unidos de América a la Santa Cede”. Con profunda alegría recibí este honor y me dispuse a hacer preparativos de viaje.

En el avión contemplaba las diversas ramificaciones de este hecho. Pensé en lo que este evento representaba para nuestro país, en el ámbito de nuestra realidad. El embajador era el primer latino que fungirá en capacidad de representante de nuestra nación, específicamente en el Vaticano. Mediante su presencia podemos reafirmar cómo la realidad hispana va haciéndose más tangible y nuestra voz cada vez más sonora. Él no ha sido designado en sustitución de ninguna otra cara, o raza o color. Él ha sido designado por el Presidente de los Estados Unidos en capacidad de embajador y representante de este país por sus méritos académicos, por su preparación y capacidad para poder desempeñar el cargo. Ultimadamente, el embajador Díaz completa el mosaico de rostros de nuestra nación, dejando conocer en el ámbito internacional con sus aportaciones académicas, sus raíces culturales y su mera presencia física las posibilidades de un pueblo hispano que simplemente quiere contribuir a la historia nacional e internacional. Un rostro que representa varios rostros.

Una vez que me presenté al edificio del Departamento de Estado y pasando a través de la rigurosa seguridad, cosa entendible después de los eventos del 11 de septiembre, me dispuse a compartir con los demás invitados. Pude reconocer y saludar a varios sacerdotes religiosos y diocesanos. También reconocí a varios académicos y líderes que han contribuido notoriamente en el área de la teología en los Estados Unidos, como el padre Virgilio Elizondo, el padre Allan Figueroa Deck, el padre Gary Rebie- Estrella, el señor Orlando Espín y otros teólogos renombrados. Era como ver “teología viviente” donde la teología (el conocimiento de Dios) y la ortopraxis (la práctica de ese conocimiento) comulgaban en un momento de gozo: unidos, energéticos y luminosos... Habían varios presidentes de universidades católicas, además de varios miembros de la rama protocolaria de la Casa Blanca como de la jerarquía eclesiástica: el Nuncio Papal, el Arzobispo de Washington y el Cardenal McCarrick. Representantes de Caridades Católicas y otras instituciones en el ámbito nacional también mostraron su apoyo. Pero ahí no quedaba el cuadro. Se completaba con otras realidades.

Allí estaba presente la maestra de francés, amigos de la universidad y personas que en el pasado creyeron en él y en su potencial. En el escenario donde el Señor Embajador fue juramentado se encontraba su familia; su señora esposa, que también es teóloga y profesora, y sus cuatro hijos. La ocasión adquirió un tono de veracidad, frescura, solemnidad y calidez. No era simplemente otra ocasión de Estado, era más bien un encuentro de familia y de amigos. Los padres del Embajador se encontraban muy cerquita, apoyando a su hijo con los rostros trasfigurados de gozo y de amor.

En su discurso el embajador se refirió a sí mismo como un inmigrante traído a este país por su padres desde Cuba. Sin poder contenerse, su papá se llenó de lágrimas, manifestando quizás que todos los esfuerzos sacrificios, ajustes a una nueva cultura, lengua y nación se veían colmados en este momento. Y su gesto fue perfectamente entendido por toda la asamblea quien noto rápidamente la reacción del papá y cuyo corazón saltó en solidaridad con él y con su hijo... Yo también entendí. No solamente el hecho de que el Embajador representaba parte de la realidad racial, académica o católica de los Estados Unidos, sino también la realidad del inmigrante que con trabajo, perseverancia y esfuerzo adquiere logros para al gloria de Dios padre y al servicio su pueblo.

Este señalamiento nos provee de una plataforma para continuar haciendo historia no sólo dentro de los confines de la Iglesia en nuestra nación, sino en comunión con la Santa Sede, y por ende, con el resto del mundo católico. Es continuar llevando el mensaje de que el catolicismo en nuestro país está vivo y que de una manera intencional la comunidad Hispana está siendo parte de la esperanza, del vigor y vitalidad de nuestra Iglesia en los Estados Unidos. Nuestra Iglesia siempre se ha nutrido, enriquecido con la presencia de los inmigrantes. Damos gracias a Dios por los italianos, alemanes, polacos, irlandeses y demás grupos europeos que hace más de cien años vinieron a este país “ a probar suerte” en búsqueda del sueño americano. Una de las diversas bendiciones fue el enriquecimiento del catolicismo en nuestra nación, una nación en su mayoría protestante, y ciertamente en nuestra arquidiócesis. Ahora debido a la presencia innegable de los latinos en nuestro país, ricos y pobres, ciudadanos y residentes, documentados e indocumentados, nos toca la tarea de seguir trabajando y contribuyendo al mismo tiempo, buscando estabilidad, luchando por nuestro reconocimiento legal y sobre todo, hacerlo con el estandarte de la fe. Tenemos que hacerlo todo en el nombre de Dios todopoderoso y con la ayuda de María santísima, Madre de la Divina Providencia. Será la providencia divina quien nos guíe y en momentos de lucha nos deposite y nos conforte en el regazo de su madre.

Citando las palabras del Arzobispo Metropolitano de San Juan, Puerto Rico, Don Roberto Gonzáles Nieves, OFM: “La patria, la nación, la tierra es una bendición”. Para muchos de nosotros ésta es nuestra patria, esta es nuestra nación y bendición. Agradecemos que un digno representante lleve nuestra voz a los confines de la Iglesia, haciéndose más palpable en El Vaticano. Las bendiciones de Dios se expresan en acontecimientos maravillosos donde es Dios quien interrumpe la historia, lo ordinario, para manifestarse y de esa manera utilizando las mismas estructuras preexistentes para hacerse presente, algo extraordinario. Nos unimos a nuestro Embajador y a su familia en oración para que Dios continúe su obra ya comenzada en el día de su bautismo. ¡Qué viva nuestra nación! ¡Qué viva nuestra Iglesia! ¡Qué vivan nuestros hispanos!