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Catolico: Periódico oficial en Español de la Arquidiócesis de Chicago

Gustavo García-Siller, el sacerdote del Espíritu Santo Al cumplir 25 años como sacerdote, el Obispo Auxiliar de la Arquidiócesis de Chicago reflexiona sobre su vida sacerdotal y retos.

Clemente Nicado

Editor

Corría el año 1956. Cristina Siller de García y Gustavo García Suárez viajan desde San Luis Potosí, México, a la capital del país con un niño en brazos para visitar la Basílica de Guadalupe.

Ya dentro del Santuario hacen un ofrecimiento: si Dios quería que su hijo fuera sacerdote, ellos se lo entregaban al sacerdocio.

Aquel infante en brazos de sus padres se llamaba Gustavo García-Siller, el primogénito de una familia de 15 hijos y el obispo que celebra este año su 25 aniversario como sacerdote.

“Mis padres me contaron esta historia muchos años después, cuando ingresé al Seminario (noviciado) en la Ciudad de México”, recordó.

Las raíces

Nacido hace 53 años en San Luis Potosí, en el centro de México, el padre Gustavo estuvo rodeado desde niño de un ambiente católico que trazó la pauta hacia la consagración de su existencia en la vida religiosa.

En su memoria todavía conserva pasajes remotos de su vida de formación católica como la vez que, a la edad de seis años, le dijo al párroco de su iglesia que un día quería ser sacerdote.

“Recuerdo los años de catequésis que eran conducidos por religiosas contemplativas en un convento. Debido a las leyes del gobierno mexicano, no podíamos recibir educación religiosa en las escuelas. Entonces para recibir los sacramentos íbamos a un convento para aprender sobre la fe”.

De aquella época, Gustavo recuerda un pasaje bastante curioso.

“En una parte de la silla teníamos los libros establecidos por el sistema de enseñanza regular de entonces y, en la otra, teníamos los libros religiosos. Cuando nos avisaban que venían los inspectores del gobierno, teníamos que esconder los textos de religión”, dijo sonriente.

La huella del Espíritu Santo

Conocer a los misioneros del Espíritu Santo y tener contacto con los escritos de sus fundadores, Félix de Jesús Rougier y Concepción Cabrera de Armida, “Conchita”, delinearon su destino sacerdotal.

Fue tal la atracción por esta orden que decidió entrar a la Congregación de los Misioneros del Espíritu Santo en la Ciudad de México en 1973 y desde entonces - dijo - ha sido alimentado por la Espiritualidad de la Cruz.

Al término de dos años, continuó su intensa preparación. El joven Gustavo ingresa entonces al seminario de Guadalajara para estudiar filosofía y más tarde va a California para estudiar teología.

Su vida como misionero dentro y fuera de México, en pequeños pueblos, rancherías y en sitios remotos como Canadá y Alaska, cimentó su admiración por los fundadores de la Misión y dio alimento al joven religioso en su ruta hacia el sacerdocio.

En 1984 se convierte en el padre Gustavo, al ser ordenado en el templo Expiatorio Nacional, de Guadalajara, para iniciar una intensa carrera sacerdotal que lo llevó a conocer diferentes lugares, costumbres y culturas que le ayudaron en su vida personal y religiosa.

Forjándose como líder

La primera misión tras su ordenación fue una parroquia de San José en la cuidad de Selma, California.

Fueron cuatro años fecundos en el Valle de San Joaquín, donde el padre Gustavo se involucró profundamente en la comunidad, mediante el contacto cara a cara con sus feligreses, en un ambiente multicultural que incluía anglos, portugueses e hispanos.

“Había mucha agricultura. Era una gran fuente de trabajo para la gente, pero también veías limitaciones y miseria. Todo eso me dio la oportunidad de pensar y aprender como ser sacerdote para un pueblo sufriente, especialmente inmigrantes”, indicó.

A finales de los 80, regresó a Guadalajara para ayudar a la formación de sacerdotes en la Casa de Misioneros del Espíritu Santo. Fueron años de muchas experiencias de servicio pastoral.

Mientras servía como maestro, el joven sacerdote se preparaba para nuevos retos. Uno de ellos fue fundar la primera Casa de Filosofía en Estados Unidos de los Misioneros del Espíritu Santo, al sur de Los Ángeles, California.

“Comenzamos con 12 estudiantes que obtenían allí un nivel universitario”, dijo quien también fuera su director durante los primeros seis años de este centro de enseñanza superior.

El padre Gustavo sigue enriqueciendo su vida de misionero. De Los Ángeles es trasladado a la Arquidiócesis de Pórtland y, posteriormente, se asienta en Mount Ángel, Oregón, donde es elegido en 1999 Vicario de la Congregación de los Misioneros del Espíritu Santo en los Estados Unidos y después provincial.

“Me sentí muy estimulado. Uno de mis anhelos ha sido siempre trabajar en la promoción de vocaciones, trabajar con jóvenes y preparar líderes para el sacerdocio”.

El obispo auxiliar de Chicago

El 14 de enero de 2003, mientras estaba en Orange, California, el padre Gustavo recibió la llamada telefónica para informale que había sido elegido Obispo Auxiliar de la Arquidiócesis de Chicago. No lo creía.

“Lo primero que hice fue preguntar si me estaban tomando el pelo”, recordó el prelado.

Pero no, era en serio. Quien traía las nuevas buenas era el arzobispo Gabriel Montalvo, el entonces Nuncio Apostólico para los Estados Unidos.

El anuncio le llegó solo dos semanas después de que se convirtiera en el primer provincial de su orden en este país.

“Ser obispo es una manera de vivir el sacerdocio. Es un sentido más amplio de ser pastor, maestro, y guía”, dijo al ser preguntado sobre el nombramiento.

Celebrar los sacramentos es algo que emociona particularmente al obispo Gustavo: “He tenido la posibilidad de ordenar a jóvenes y, a la vez, ser testigo del matrimonio de muchas parejas y celebrar bautizos”.

Los retos en el Vicariato V

El prelado dijo: “yo he venido aquí a dar mi vida”. El Vicariato V es un arcoiris de culturas e idiomas. Hay comunidades de polacos, irlandeses, lituanos, afroamericanos, croatos, eslovacos, asiáticos, alemanes e hispanos, cuya presencia se ha ido extendiendo vertiginosamente en los últimos años.

Si bien había acumulado experiencia en la relación con feligreses de diferentes culturas en su labor de misionero, la nueva responsabilidad en sí constituye un desafío.

“Uno de los retos más importantes es continuar formando líderes en la Iglesia y que la Buena Noticia se siga sembrando en un ambiente multicultural”, indicó.

Otro de los aspectos que preocupa al Obispo es la situación de la violencia en una región donde la lucha entre pandillas ha enlutado a varias familias hispanas y donde los valores humanos y cristianos parecen ser extinguidos.

“Frente a este escenario tratamos de tender puentes de paz”, dijo.

Unidad es la clave

Estar unidos es la mejor manera de enfrentar los desafíos antes mencionados y ese ha sido el objetivo desde que hace seis años fue designado a este Vicariato.

Como muestra de ese deseo, el obispo Gustavo organizó una serie de reuniones con diferentes comunidades de fe en su Vicariato que culminaron con una gran celebración en la escuela Santa Rita, el pasado 13 de junio.

“Fue importante ver, por ejemplo, a líderes lituanos, polacos o chinos, expresar en su lengua como ellos veían a Jesús y que significa para ellos la presencia de Jesús en su vida”, apuntó.

Para el obispo escuchar las voces de la gente fue una manera de entender de mejor forma la vida en torno a las parroquias, conocerse mutuamente y encaminarse a una unidad más profunda.

“El Pastor conoce a su pueblo y el pueblo conoce mejor a su pastor”, dijo el obispo al parafrasear una frase del Evangelio.

Sus deseos, su pasión, sus emociones

Es el líder que trabaja sin tregua, el pastor detrás de su rebaño, el amigo, el padre paciente que disfruta tomarse foto con sus feligreses cuando estos se lo piden y el misionero que habla con pasión del amor a Jesús.

El Obispo es también el ser humano que ha llorado de dolor frente al féretro de una madre víctima de una bala perdida en la guerra absurda de las pandillas.

“Lo más doloroso para mí es ver cuando la gente no se deja amar por Dios”, dijo. También me duele ver que a la gente no se le ha servido con bondad y con cariño en la Iglesia”, agregó.

Y lo más bello - por el contrario - es la confianza que la gente tiene en Dios y que se manifiesta en la esperanza, afirmó.

Al frente de 230 sacerdotes en su vicariato, el Obispo asegura que atenderlos es su mayor pasión.

“Tengo una pasión muy grande por comunicarme con ellos, servirles no solo como obispo, sino también como amigo. Es el principal ministerio y a ellos dedico gran parte de mis energías”, comentó.

Por último habla de su mayor deseo: “Amar a Dios y al pueblo con el Espíritu Santo”, dijo en la entrevista realizada en su oficina del sur de la ciudad ambientada con el escudo de esta misión, dos fotos de sus fundadores - Rougier y “Conchita” - y una hermosa pintura del Papa Juan Pablo II.