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Catolico: Periódico oficial en Español de la Arquidiócesis de Chicago

¡Despierta Católico!

Padre Claudio Díaz Jr.

Director Oficina para Católicos Hispanos

Estamos sumergidos en una sociedad llena de ruido. Constantemente nos rodea el sonido en varias formas; la música en el elevador, al hacer la limpieza de la casa al ritmo de cumbias y de merengue, cuando conducimos tenemos el radio encendido, el celular que suena constantemente y, en fin, hemos permitido que el sonido nos abrume. A través del ruido, las noticias, la prensa y los medios de comunicación se nos presentan una serie de mensajes que, poco a poco, se hacen parte de nuestro subconsciente.

En este país se tiene un estereotipo claro de lo que significa ser exitoso. No titubea en promover, patrocinar e imponer los valores que ella considere los mejores. No sólo eso sino que sanciona aquellos que no llenen el perfil.

Vivimos en una sociedad donde el tiempo es todo. Constantemente luchamos contra el reloj. Mientras más cosas podamos acomodar en una hora mejor. Terminamos convirtiéndonos en esclavos del tiempo y llevado a un extremo, le servimos al tiempo en vez de que tiempo nos sirva a nosotros. Dedicamos toda clase de horas que quizás simplemente se encarguen de un aspecto de la vida (horas en el gimnasio, larguísimo partidos de todo tipo, horas de conversaciones frívolas e infructíferas) y ni nos detenemos a meditar por unos minutos en como le hemos respondido a Dios en ese día y hacia qué dirección va nuestra vida.

Vivimos en una sociedad hedonista. Hay una búsqueda constante de placer. Se enfatizan los sentidos corporales y se menosprecia los espirituales tildándolos de anacrónicos e innecesarios. Para esto cualquier medio se vale como las drogas, el alcohol, los excesos de todo tipo, el dinero fácil y demás. Todo es permitido y nada es perdonado… La sociedad no te dice cuales son las consecuencias.

Nuestro país se nutre de lo material. La persona exitosa se mide según su billetera, por su casa, por su manera de vestir, sus muebles y demás posesiones. El lema de varios es “comprar, comprar y comprar.” Somos capaces de pasar todo un día de tiendas, y nos quejamos si la misa se pasa de una hora. Caemos en la ilusión de que lo material nos da prestigio cuando es a la inversa. Nosotros le damos prestigio con nuestra persona a la casa en que vivimos, la ropa que nos ponemos y el coche que conducimos.

Nuestro país promueve el escapismo. Se nos presentan oportunidades para escapar y no enfrentar la realidad; juegos de video, películas comerciales, programas de televisión donde se denigra la dignidad humana. Hemos retornado a los viejos tiempos del circo romano donde las víctimas son todas y cualesquiera. Estas son algunas de las voces que hacen reververancia en nuestro diario vivir. Pero no son las únicas.

Alguien muy especial desde mucho nos habló. Ha sido Dios quien en el día de nuestro bautismo nos marcó con el signo de la salvación. A través de las aguas bautismales nuestros padres y padrinos dieron su consentimiento y palabra para que pudiéramos crecer dentro del amor de Dios. En este sacramento de iniciación fuimos coronados como pueblo de Reyes, reconocidos como asamblea Santa y ungidos como pueblo sacerdotal.

Como una nación de Reyes reconocemos que somos hijos e hijas de Dios quien es el Rey. En consecuencia somos realeza escogida, príncipes y princesas para la gloria de Dios Padre, inspirados por el espíritu e imitación de Dios hijo. El reinado de Jesús está en su servicio. ¿Dónde sirvió mejor Jesús en el plan de salvación? ¡En la cruz!

Somos una nación de santos. Estamos llamados a ser santos y establecer una relación con Dios de comunicación, de intimad con El. La santidad nos llega a nuestro deseo de hacer, no lo que queremos, sino lo que necesitamos para la salvación de la humanidad. Ama y haz lo que tengas que hacer…

Somos un pueblo sacerdotal cada vez que celebramos los misterios de la fe. Cada vez que respondemos con pasión, con gusto y con celo por las cosas de Dios, ejercitamos nuestro sacerdocio ordinario. Todo bautizado está llamado a servir… El sacerdote ordenado sirve al pie del altar… El pueblo en su sacerdocio ordinario sirve en su participación litúrgica, en su sentido de unidad, en la expresión sublime de su creencia.

Como adultos la salvación se nos presenta abundante, sin pago, sin nada a cambio excepto el tener fe. Nuestra respuesta ante tal honor y privilegio implica un “sí”. Un sí que envuelve despertar, crecer y madurar en la fe, entendiendo que hemos sido llamados al discipulado y que solamente debe haber “un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo”… una sola voz. Y ese debe de ser el único “ruido” al cual debemos prestar atención… ¡Despierta Católico para que seas salvo tu y toda tu casa!