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Catolico: Periódico oficial en Español de la Arquidiócesis de Chicago

A veces no es fácil decir adiós

Padre Claudio Díaz Jr.

Director Oficina para Católicos Hispanos

El decir adiós, especialmente a una persona que amamos profundamente, no es nada fácil. Ya sea el despedirnos de familiar en el aeropuerto, el despedirnos de un ser querido en un funeral, de un amigo que se va a la guerra, de una hija que se casa... Esto se asocia con cierres, finales y, en algunos casos, con lo impredecible o la imposibilidad del próximo encuentro. En ocasiones es muy difícil de entender y a veces hasta de aceptar. Hay despedidas que se asocian con pérdida y con ceder algo o alguien importante en nuestras vidas. El decir adiós puede ser un dolor, un reto, un predicamento... y eso es lo que se nos presenta en la solemnidad de la Ascensión.

La Ascensión de nuestro Señor Jesucristo marca el final de su misión terrenal y la continuación de su reino al retornar a la gloria. Mediante los méritos de su vida, pasión, muerte y resurrección, Cristo ha reestablecido la relación entre la humanidad y su creador. Mediante la Ascensión de Cristo nuestra resurrección de entre los muertos ha sido garantizada, las puertas del banquete eterno se han abierto, el orden divino se ha reestablecido y Cristo se mantiene victorioso sobre el pecado y la muerte. ¡Qué maravilloso es Dios quien ha bajado del cielo, “bajó desde la montaña" y visitó a su pueblo cuando el verbo se hizo carne! El resultado es un pueblo justificado, redimido y salvado.

Pero en el momento de su ascenso a los cielos quizás algunos de sus seguidores no entendían plenamente esta acción de “despedida” mezclada con una delegación, misión y comisión. Seguramente pensaron en “y ahora, ¿qué hacemos?”.

Lo que quizá algunos vieron como un momento de abandono es una mera pausa en nuestra jornada hacia Dios. Cristo nos hace una promesa y nos dice que estará con nosotros “hasta el final de los tiempos”. No nos dejó sin ninguna esperanza, afirmación o responsabilidad. Nos permite el ser partícipes de una realidad celestial, de un mundo donde no hay dolor, angustia, dudas, enfermedad ni muerte. Nos invita a comulgar eternamente con él en el cielo.

Cristo abre las puertas del paraíso a quienes por amor cumplen con la voluntad de nuestro Padre, haciéndonos hermanos y hermanas de Jesús e invitados a las bodas eternas del Cordero. Mediante la misericordia de Dios quienes han perseverado entraránq con él en su Reino.

Pero llegamos a esa meta, a recibir ese don dentro del llamado de Cristo quien nos da una misión. Debemos ser participes del Reino de Dios comenzándolo aquí en la tierra. Se nos ha dado una comisión de hacer discípulos de todas las naciones y de bautizarlos en nombre de nuestro Dios Trinitario: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. La Ascensión señala no a lo que Cristo pueda hacer por nosotros, eso ya lo ha demostrado con su resurrección, sino a lo que nosotros podemos hacer por Cristo. Se nos pide el ser colaboradores del Reino de Dios, ser las manos, los ojos, la boca y el palpitar con el corazón de Dios. Dios cuenta con nosotros. Lo que hacemos y lo que somos declara volúmenes sobre lo que hablamos sin decirlo. El vivir como seres redimidos por el sacrificio de Cristo en la cruz es la mejor carta de presentación y convencimiento para los demás. Es dejar ver a los demás lo que Dios ha hecho por nosotros y con nosotros. Si nos dejamos usar como instrumentos de su mensaje El hace maravillas... Dios se luce por medio de su pueblo. Es dejar que Dios sea Dios en nuestra vida y llevar a otros al camino de la verdad. Nuestra vida se trasforma en evangelio abierto para ser leído inclusive, por quienes no saben leer. Nos convertimos en testimonios vivientes del abundante amor de Dios por su pueblo.

Dios nos ha dejado instrumentos, caminos, maneras y personas para asistirnos en esta empresa de llegar a él. Mediante los sacramentos, la Tradición de la Iglesia, las Escrituras, las devociones y del apoyo de los demás miembros de Cuerpo de Cristo, podemos continuar haciendo de discípulos para Dios, dando vida y llevando el evangelio, la buena nueva a todas las naciones.

Recordemos las promesas que Jesús nos hizo el día de su Ascensión. Preparémonos con humildad, gentileza, paciencia y fe para poder alzar a otros hacia el cielo, más cerca de Dios Padre y de esa misma manera nosotros también ascender la montaña hacia la casa de Dios. Después de todo no es un adiós, sino un hasta pronto...