Advertisements ad

Catolico: Periódico oficial en Español de la Arquidiócesis de Chicago

Los aparecidos

Padre Claudio Díaz Jr.

Director Oficina para Católicos Hispanos

En casi toda cultura hay una tradición dentro del folklore popular de los “aparecidos”. En mi pueblo esto consiste de un personaje cuyas raíces eran trazadas a un soldado español, quien montado a caballo se desplazaba hacia la media noche por el pueblo llevando un saco y echando en él las almas de quienes lo miraran. Sabemos de otros aparecidos como la Llorona, el hombre sin cabeza, la joven muerta regresando de un baile y otros. Estos personajes salen de la nada, sorprendiendo a quienes los ven.

Jesús, durante su ministerio terrenal, no se cansó de “aparecerse”. Se apareció a María Magdalena en la mañana de resurrección, posteriormente a sus apóstoles, a Tomas en el cenáculo, a los peregrinos de Emaús y en ciertos momentos a sus discípulos en el Mar de Tiberíades. En una ocasión en particular, los discípulos, al terminar su pesca, con las manos vacías, ven a Jesús quien se les aparece caminando a la orilla del lago y les asiste en una pesca milagrosa. No simplemente eso, sino que Jesús reafirma el hecho de que ha resucitado al comer con ellos, comprobando que ha regresado de entre los muertos, está vivo. Recordemos que los muertos no comen.

Con esta aparición de Jesús la noche termina. Su presencia señala el final de la oscuridad y el principio de un nuevo día, de una nueva creación. No simplemente trae la luz de un nuevo amanecer sino que ayuda a sus discípulos a encontrar lo que buscaban. Encontraron una pesca abundante, encontraron a Jesús y conocieron lo que es la resurrección. Jesús se convierte en el vehículo para que ellos se movieran de la oscuridad hacia la luz, de la tristeza al gozo, de la incredulidad a la fe.

Cuando uno de los discípulos dice: “Es el Señor”, la respuesta espontánea de San Pedro lo lleva a lanzarse a las aguas tratando de alcanzar a Jesús. Es el buen corazón y la fe sencilla de Pedro quien le impulsa a lanzarse tras Jesús. La escena se llena de símbolos cuando el carbón donde se prepara el pescado, recordándonos el carbón utilizado para iluminar el patio donde Pedro negó a Cristo, es testigo de la declaración trinitaria del amor de Pedro hacia Jesús y de su responsabilidad de cuidar del rebaño. Este diálogo de “¿Me amas?”, permite a Pedro declarar con gran convicción y profundidad su fe en Jesús, reafirmando su compromiso de servir a su pueblo.

Nuestro Señor Jesucristo, el buen pastor, en una mañana de Pascua, deja su Iglesia en las manos de quien en una ocasión le negó, demostrando que Cristo no excluye al pecador en su invitación de construir su Reino. Este llamado es para santos y pecadores... Pedro conoció la gracia misericordiosa de Cristo mediante sus miserias personales. Este encuentro en el lago de Tiberíades le restauró su total abandono, confianza y fe en Jesús.

Todos los bautizados estamos llamados a extender el Reino de Dios por doquier. La resurrección es ese vehículo por el cual nos lanzanos al mundo en oportunidades diarias a llevar la buena nueva de la vida eterna, cuando ayudamos al desvalido, cuando compartimos nuestra esperanza, cuando escuchamos al que sufre y cuando apoyamos al que esta solo. ¿Qué nos puede convencer de ese llamado pascual? Solamente en nuestra respuesta lo podemos ver. “Juan, Carmen, Antonio, Lupe, Sergio, Margarita, ¿Me amas?” Si la respuesta es afirmativa, entonces sigamos a Jesús en esta Pascua y siempre. “Señor, tú sabes que te amo”. “Entonces, alimenta mis ovejas.” ¡Qué la aparición de Jesús en el lago de Tiberíades sea signo de una Pascua eterna!