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Catolico: Periódico oficial en Español de la Arquidiócesis de Chicago

Enseñanzas de una pecadora

Padre Claudio Díaz Jr.

Director Oficina para Católicos Hispanos

El evangelio de San Juan, capítulo 12 versos del 1 al 10, nos presentan un encuentro dramático entre Jesús y una mujer. La acción se lleva a cabo en el contexto de un banquete en Betania. Jesús, en los días previos a la Pascua y de camino a Jerusalén, acepta una invitación a cenar.

Dentro del contexto semítico en el tiempo de Jesús, una invitación a un banquete o cena requería de un protocolo claro. Los hombres comían con los hombres y las mujeres con las mujeres. El anfitrión ofrecía agua al comienzo de la cena para la purificación de los pies y de las manos. Todos sabían cual era su lugar y no había espacio para errores protocolarios pues el observar las reglas era un reflejo de hospitalidad. La hospitalidad era un valor sumamente cotizado en el medio oriente y los sigue siendo hoy en día.

El evento se desata con la presencia de una mujer durante la cena. Según el evangelio según San Lucas ella era “una pecadora” dando cabida a la condición publica de su pecado. Aparentemente todos la conocían. El nombre dado es María y las escrituras no dan detalles de cual María se trata o su relación con alguno en el evento. Esta mujer, de rodillas unje los pies de Jesús, deja caer sobre ellos sus lágrimas y con sus cabellos los seca. Este acto profundo de arrepentimiento y de contrición es causa de escándalo para los demás comensales.

Rompiendo toda convención cultural y prejuicios universales entra al lugar del banquete y su acción la coloca en una posición vulnerable; está en el lugar equivocado, entre los hombres, con la apariencia equivocada, se descubre la cabeza para secar los pies ungidos de Jesús y está tocando a un hombre en público. En su deseo de un encuentro con Jesús, ella toma un riesgo y todos los elementos para condenarla se hacen presentes.

¡Todos la juzgan! Todos se concentran en lo externo. Nadie se molesta en entender sus motivaciones, ver su corazón contrito o su verdadera intención en ungir al maestro con un perfume de nardo de gran valor. ¡Todos se escandalizan! Algunos, como Judas, ven en su gesto un acción frívola, innecesaria y exuberante. Lo cual resulta irónico porque su corazón estaba en otro lado.

Pero en único que la entendió fue Jesús... Él comprendió totalmente la profundidad de su gesto sin dejar llevarse por las apariencias. Jesús apoyó su acto. Este acto se podía explicar de diversas maneras, en otros términos. Jesús sabía lo que había en el corazón de esta mujer. Sus lágrimas, su postura de rodillas, el ungir los pies del maestro, eran signos de un arrepentimiento profundo, un acto de contrición espontáneo y genuino.

Jesús apoyó su acto; “Déjenla tranquila. ¿Porqué la molestan?” Jesús sale a su defensa y da la cara por ella. Explica las verdaderas motivaciones de su obra, “... pues con esto se anticipó a preparar mi cuerpo para la sepultura.” Y finalmente la libra de la gran carga que llevaba en su corazón, “Tus pecados te quedan perdonados.”

Cuando se le niega hospitalidad a Jesús, esta mujer le unge con abundancia. Cuando todos caen en lo superficial del momento y en la ignorancia de la misión de Jesús, es ella quien comprende hacia donde va Cristo y les recuerda que va hacia Jerusalén, hacia la cruz, hacia su muerte. Es la única que plenamente entiende lo que esta pasando en ese momento. Cuando todos se aseguran en sus convenciones protocolarias y prejuicios culturales, ella se abandona a los pies y en la misericordia de nuestro Salvador.

Jesús la perdona porque al ver su corazón ve sus intenciones, su arrepentimiento, su fe. Ella confía en la misericordia divina y sin importarle el juicio al cual la someten, ella ejercita humildad, ella pone su confianza y se coloca a los pies del Redentor. Con grandes agallas pone su fe en Dios...

Los resultados de este encuentro son iluminadores, no solamente para la mujer sino para todos aquellos que entendieron a cabalidad lo que estaba ocurriendo. La mujer encuentra el perdón de sus pecados. Sale de ese lugar hecha una criatura nueva en el Señor, con una nueva identidad, con su dignidad reivindicada y una nueva vida. Su gesto sirve como modelo de cómo acercarnos a Jesús, sin titubeos, generosos en nuestro arrepentimiento, confiados en Dios, llenos de fe. Cristo toma esta oportunidad y la falta de compasión de los demás para colocar todo en perspectiva, para recordar a todos el propósito de su existencia y el poder de la fe. Cuando nos abandonamos en Dios Él hace maravillas con su pueblo, por nosotros y a través de nosotros. Hermanas y hermanos lectores... ¡Vale la pena ese riesgo!