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Catolico: Periódico oficial en Español de la Arquidiócesis de Chicago

Subir a la montaña

Padre Claudio Díaz Jr.

Director Oficina para Católicos Hispanos

Hay muchos niveles de discipulado. Vemos esto a través de todas sagradas escrituras. En las narraciones de la natividad del evangelio, según San Mateo, nos encontramos con diferentes llamados a la fe en San José, en los pastores y en lo Santos Reyes. Todos llegan al pesebre de diferente manera después de un encuentro personal con mensajeros de la revelación (un sueño, un ángel, una estrella), del verbo hecho carne.

El factor común denominador es que todos tienen un encuentro. Cristo, en un deseo por encontrarse consigo mismo y con la humanidad que él deseaba salvar, “sube a la montaña”. El subir a la montaña es un signo que representa un encuentro con lo divino, utilizado en varias maneras a través de las escrituras.

Moisés sube al monte Sinaí para recibir los diez mandamientos. Cristo es subido en una cruz en Viernes Santo. Zaqueo sube a un árbol para ver mejor... En todos estos instantes hay un movimiento intencional en la búsqueda de la verdad, buscando una razón, un motivo para seguir viviendo, para seguir con esta jornada llamada vida.

Cristo con la intención de comunicarse con la multitud sube a la montaña. El símbolo detrás de este gesto, aparte de haber una razón pragmática para que todos lo pudieran ver y escuchar, se resume en ver a Dios. Al subir a la montaña, Jesús une el cielo con la tierra en un solo punto de luz. Desde allí, él se convierte en el profeta de profetas y en la profecía misma, en maestro de maestros y en lección amorosa, en verbo y palabra viva para nosotros. Y su palabra adopta forma concreta, tangible. Una de esas manifestaciones son las beatitudes. En las beatitudes el verbo se hace hombre. La vida del discipulado adquiere carácter sólido. El seguir a Cristo nos da un estilo de vida.

Las beatitudes no sólo son declaraciones o axiomas morales, sino una exhortación. Nos llama a ver la realidad de otra manera. En las beatitudes, Jesús toma las condiciones humanas del hambre, de la persecución, de la pobreza del espíritu y nos da esperanza. De esa manera nos garantiza consolación a los que lloran, misericordia los misericordiosos, satisfacción a los que tienen hambre y el Reino de Dios a los justos. En las beatitudes vemos una ventana abierta en el presente que nos lleva a un futuro de bonanza, done nada nos faltará.

El discípulo escucha la palabra a la luz de este encuentro con Cristo. El discípulo sube a la montaña, en su oración, en un retiro, en un evento personal y ve a Jesús. Se encuentra con Jesús y consigo mismo, adoptando las beatitudes como manera de vivir su vida.

Cuando el encuentro con Cristo es genuino y llevado con humildad bajamos de la montaña con una nueva identidad; trasformados, esperanzados, luminosos... Nuestras vidas adquieren un solo sentido, una sola misión: ¡Hacer la voluntad del Padre! Todo se nutre de ese encuentro, de esa relación. Nos convertimos en fieles esposos por que Dios así lo quiere. Nos movemos en parroquianos activos en nuestras iglesias porque así lo espera Dios. Nos transformamos en buenos hijos o padres porque esos es lo que Dios espera de nosotros. La consecuencia de un encuentro verdadero es evidente, clara y toca todos los aspectos de nuestras vidas. Trabajamos por causas sociales o de justicia no por mero activismo político o social, sino porque así lo quiere Dios. Todas las agendas personales se cancelan, reinando solamente un solo sentir, un solo pensar. Terminamos implemente buscando la salvación nuestra y al del mundo entero.

Hermanas y hermanos... subamos a la montaña. Permitimos que un encuentro con nosotros mismos, y especialmente con nuestro Salvador, nutra nuestras vidas con su luz, con su palabra. Digamos “sí” al plan de Dios y bajemos unidos en un solo propósito. Buscar, encontrar y llevar a Dios a todos.